No hace falta esperar el mejor mes del año, diciembre, ni a esos últimos días en los que acostumbramos a hacer el resumen de cómo estuvo el año, para decir que agosto ha sido el mes más emotivo y emocionante. Tener a los puritos, a mi bro y a mi mejor compañera de aventuras compartiendo abrazos, viajes, recuentos, comidas juntos y pila de fotos para el recuerdo es la verdadera recarga de energía.
No sé si “inmortalizar” es la palabra correcta, pero es lo que quiero: dejar por escrito detalles del viaje que quizás una foto no pueda contar por sí sola, pero que, con un pequeño comentario, una frase o unas palabras, me hagan recordar cada momento y lugar que visitamos.
El viaje apenas empezaba
Para empezar, la llegada y el recibimiento de los puritos y del brother en el aeropuerto de Newark. En medio del caos y del trafical, no dudamos en darnos el merecido abrazo grupal después de un año sin vernos. Y, por supuesto, aprovechar a un viajero que andaba cerca para tomarnos una foto juntos.
Esa misma tarde, sin sacudirse el polvo del viaje: primera parada, Princeton. Vegilla a full y restaurante con Óscar D’León cantando —en TV, aclaro— cuentan como la primera anécdota. Una universidad —la de Princeton, obvio— vacía de estudiantes por la época vacacional; las hamburguesas de Hoagie Heaven; un hombre en su casa, rodeado de violines que parecía estar restaurando; un apagón de iglesia a las 9 en punto que dejó al Chongui sin la foto de su colorida vidriera alumbrada desde afuera; un bar italiano debajo del arco con música cubana; y un atracón de uvas a las 11 pm en un Walmart a punto de cerrar. Todo eso fue apenas el preámbulo de lo que venía.
New York, Jim Thorpe y muchas millas por delante
Al siguiente día, el viaje a New York no se los quitaba de arriba ni Dios. Otra para la anécdota: vegilla full desde New Jersey y ya empezaba a preocuparme —los detalles me los reservo—.
La cara del Chongui fue un poema desde que salimos del subway a Central Park. Buena caminata echamos. Ni medí la cantidad de pasos, pero han de haber sido más de 30,000. Cayó un pequeño aguacerito, pero claro que eso no nos iba a impedir pasar por Times Square, tan lleno como de costumbre; la lluvia no era problema.

Ni la lluvia ni mucho menos las colas —como la que había en el toro de Wall Street— fueron problema para que la Isa se colara y le tocara los huevos para regresar otra vez a la ciudad, según la superstición que le habían contado, … ¿será verdad? Por supuesto que nos coló a todos, a ella qué le importa.
Pero no todo fue relajo. También hubo momentos de esos de: ¡waooo! Como cuando llegamos al monumento del 9/11. La que más lo sintió, creo, fue la señora de las cuantas décadas: la pura. Tampoco podía faltar el cruce del puente de Brooklyn y una foto familiar en DUMBO, con la icónica imagen del Manhattan Bridge detrás. ¡Impresionante!
Jim Thorpe fue uno de los atletas que dejaron su nombre en la historia de los Juegos Olímpicos. Curiosamente, su viuda tuvo que ver con que un pueblito en Pensilvania terminara llevando su nombre, ese al que le dicen la “pequeña Suiza de Estados Unidos”. Y para allá me los llevé casi corriendo para alcanzar la última salida del tren que recorre los alrededores.
Por suerte para el Chongui, pudo ver en su viaje un venado solitario alimentándose del pasto, mientras intentaba entender cada detalle de lo que el guía iba explicando durante el recorrido. Hay que hacer mención honorífica a ese hombre por la expectativa que creó antes de presentarnos las “cataratas de Niágara” a un lado de las vías del tren. Más grande era el charco de agua de la esquina en mi barrio en Cuba.
Del pueblito también salió otra tanda de tremendas fotos para el recuerdo, incluso junto al río de agua caliente.

Amish, Musikfest y otra mirada a New York
El sábado parece que el cuerpo estaba pidiendo música, baile y bebida. Fuimos al Musikfest en “Belén”. Pero antes, desde la mañana, nos aventuramos por Lancaster County para conocer más de cerca la experiencia Amish. Ahí pudimos ver cómo todavía mantienen muchas de sus costumbres y tradiciones, aunque algunas cosas me sorprendieron bastante.
Pero aquí entre nos, y con todo respeto a su cultura, también me sorprendió lo bien que han sabido convivir con las generaciones actuales y con las costumbres de la sociedad que los rodea. Y muy bien que saben aprovechar el turismo, dicho sea de paso.
De regreso recargamos energía en un restaurante peruano, compartiendo con los amigos de Cuba y Brasil que nos lo habían recomendado y que también estuvieron allí con nosotros. De ahí, directo al festival. Y sí, se bebió. Los puritos disfrutaron de rock ochentero y tuvieron su momento de gloria en Plaza Tropical dando cátedra de cómo se baila una buena salsa a lo cubano. Vaya que les llovieron algunos vítores de latinos locales.
Hubo otra escapada a New York, pero esta vez sin el Chongui y mi aventurera favorita. Esta fue más corta, pero clase de experiencia. Recorrer el Hudson y el East River en ferry nos dio otra perspectiva de la ciudad que nunca duerme, una vista panorámica que te permite dimensionar su grandeza, o sea, el skyline.
Es increíble lo diminuto que se ve The Vessel entre los rascacielos. Y clase de imagen cuando, entre todos ellos, aparece el Empire State justo detrás. También quedarán grabadas en mi memoria —y en las, modestia aparte, clases de fotografías que tomé— las vistas de los dos puentes de Brooklyn y Manhattan desde el río. Y la Trinity Church, diminuta entre los edificios de Wall Street. La vista, simplemente monumental.

Y la estatua probablemente más fotografiada del mundo: realmente impresionante. Pasar por delante de ella te hace pensar: “Ahh, no parece tan alta”. Pero quédate un rato apreciándola y verás lo imponente que es. Estoy hablando de la Estatua de la Libertad (para los del CONALEP).
Historia, chancletas y casi hasta la India
También tuvimos un encuentro con la historia, y qué clase de historia. Estuvimos en Independence Square, el lugar donde se leyó públicamente la Declaración de Independencia, con Independence Hall justo delante, donde años después se firmaría la Constitución de Estados Unidos.
De esta primera visita a esta histórica ciudad me llevo unos cuantos recuerdos: fotografiarnos con la Liberty Bell; estar frente a la tumba de Benjamín Franklin, uno de los padres fundadores de la nación —hay un no sé qué en estos lugares que desde chico me impresiona, igual que me pasó con las tumbas de Martí y Estrada Palma en Santa Ifigenia, o con la de Alexander Hamilton en Trinity Church—; la casa de Betsy Ross, quien, según la tradición, bordó la primera bandera de los Estados Unidos con sus 13 estrellas; una callecita súper antigua muy colorida, Elfreth’s Alley; y la vista del skyline de Philadelphia desde la escalinata del museo de arte, además de la foto con la estatua de Rocky.

Hubo juanetes pelados de tanto caminar, tanto que a la susodicha tuvimos que comprarle un par de chancletas en una tiendita del barrio chino, cerca del Reading Terminal Market.
Para cerrar el carrusel de viajes y lugares visitados, y la montaña rusa de buenas emociones de todos estos días, casi fuimos hasta la India cuando visitamos el templo BAPS Swaminarayan Akshardham. En pleno agosto, di gracias por haber ido cuando ya iba cayendo la tarde. No quiero imaginar una visita al templo con el sol en su máximo esplendor.
Admito que no hay comparación con la Estatua de la Libertad, pero la figura de 49 pies de Nilkanth Varni en postura yóguica, el estanque escalonado y, al fondo, el templo de piedra caliza y mármol forman una vista de esas que da gusto quedarse contemplando. Y las piezas del templo talladas a mano, con un nivel de detalle que… ufff.

Después de todos estos viajes, quedan también las comidas, las charlas y el cuero que nos dimos juntos. El flan casero hecho por la mama, los desayunos preparados por el papa que me hicieron recordar aquellas mañanas de niño antes de ir a la escuela, y hasta los consejos dados al menor de los Urrutia. Todo eso ha hecho de este viaje algo difícil de superar.
Pero dice la doña que el siguiente —porque habrá un siguiente— va a ser aún mejor. Ay, ay, ayyyyy.

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